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jueves, 16 de enero de 2020

HACIA LO POLÍTICAMENTE CORRECTO (Un ejercicio personal de memoria)


Resultado de imagen para políticamente correcto 


     Demanda de más valor ir contra la corriente, tener razones por cuenta propia, informarte y atreverte a decir, a pesar de que aquello pueda costarte el exilio de tu mundo, que sumarte a una masa que pretende organizar la realidad haciendo eco de tendencias. Las redes impulsan a un colectivismo espectral, a ratos, irracional y violento. Y a ratos, necesario y conmovedor. Lo que allí sucede es un espectáculo diario que nos produce aversión y entretenimiento, mientras alguien más lleva la cuenta de la acumulación de algoritmos en que nos terminamos convirtiendo. Quizás estamos arribando al momento en que debemos defendernos de Facebook (dueño de Instagram y de Whatsapp), en tiempos donde lo que dices aparece de pronto en tu email. Parece un acto de magia, pero se llama publicidad e invasión de privacidad. Aunque a nadie le importa. Porque tenemos problemas más urgentes.
     Como el machismo que campea en la literatura nacional.
     En este mismo medio leí el año pasado, por tres días consecutivos, varios artículos que denunciaban cosas al respecto, como el escaso protagonismo de la mujer en las letras ecuatorianas, la falta de apoyo y los seudónimos que debieron emplear para escribir. Eran artículos con entrevistas a escritoras, a quienes respeto y estimo, que terminaban de algún modo plasmando en la mente del lector la idea de un país dividido en el que los hombres se habían repartido el botín literario, apartando a toda mujer que se les pusiera en frente. Artículos que seguían la línea de poner en evidencia una desigualdad (desigualdad que es necesaria exterminar; ya que no hay manera de justificar el machismo social con el que crecimos y, algunas veces, terminamos reproduciendo) más que la intención de generar una discusión.
     Principalmente no concordé con la acotación sobre Gabriela Alemán. Debo decir, desde mi experiencia -que es desde donde escribo esta columna para el lector común-, que cuando empecé a viajar a ferias y congresos literarios internacionales, hace quince años, siempre me preguntaron por esta autora. Publicada y reconocida ampliamente en otros países. Más que por Javier Vásconez, que es lo que apunta una cita de ese artículo. Tampoco concordé con el ninguneo de la crítica y la falta de atención a una autora como Sonia Manzano. Quizás porque mucha de la crítica literaria (reseñas, no textos de investigación) en este país no es otra cosa que una fabricación de elogios pactados previamente entre un grupo de amigos con cierto poder en el medio. Y porque la construcción literaria de los cánones en Ecuador ha sido realizada por hombres pero también por mujeres. De hecho, valdría revisar esto, pero podría asegurar que he leído más crítica literaria elaborada por mujeres que por hombres ecuatorianos. Sobre todo en los últimos años.
     Incluso, en el mismo artículo se tensa una contradicción, cuando se expone que la poeta Sonia Manzano[1] no solo recordaba a su madre como un apoyo para publicar sus primeros libros, sino también a tres hombres: Euler Granda, Carlos Eduardo Jaramillo y Rafael Díaz Ycaza.
     No se debe negar el machismo, pero tampoco se puede pecar de engordar una pesadilla (en nuestra literatura) para colaborar con una tendencia que persigue cabezas y aguarda por linchamientos. Quien no escucha razones no las requiere. Leo en Wikipedia que el libro Bruna, soroche y  los tíos de Alicia Yánez Cossío, obtuvo el Premio Ismael Pérez Pazmiño en 1971; y que «varios escritores varones que también habían participado en el concurso criticaron la victoria de Yánez, acusándola de haber plagiado Cien años de soledad». Argumento sobre el machismo del que se continúa tirando por una entrevista de 2010 donde la autora relató esto. Sin embargo no se da nombres de los escritores que la acusaron. Y al tratarse de otros participantes que perdieron, pues es lo más lógico. A veces, pasiones y controversias se desatan después de un fallo. La información que sí aparece, en cambio, es como Francisco Tobar García declaró la publicación como «el nacimiento de una gran novelista»; o lo que escribió Michael Handelsman: «la novela más importante que una mujer ecuatoriana haya escrito». Y lo aseverado por Benjamín Carrión: «que Yánez había creado una nueva forma de novelar en las letras patrias».   
     Desde mi experiencia como editor en Fondo de Animal Editores, puedo contar que nuestra primera publicación fue La edad anaranjada de la poeta uruguaya Marosa Di Giorgio en el 2012. A quien jamás seleccioné por ser mujer, sino por su enorme calidad. Y como lector y fan, vale resaltarlo, he leído y tenido la fortuna de mantener amistad con poetas como Luisa Futoransky, Victoria Guerrero, Paula Ilabaca y Carmen Berenguer, entre otras. Y en Ecuador, Sonia Manzano, Aleyda Quevedo, María Paulina Briones, Rocío Soria, Andrea Crespo, Ana Minga y Mónica Ojeda. Potentes poetas a quienes en algún momento reseñé, edité o incluí en antologías. De la literatura más reciente, reconozco en Amanda Pazmiño una voz importante que aportará mucho en la poesía. Así como guardo, de los talleres que di en 2017 en la Universidad de las Artes, la agradable sorpresa de presenciar el nacimiento de una poeta increíble y genuina como Melanie Moreira. Algunos textos suyos se publicaron en la antología Tela de araña. Textos y pre-textos, que preparamos con el escritor Huilo Ruales.
     Yendo un poco más atrás, en el año 2002 asistí por primera vez al Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana Alfonso Carrasco Vintimilla, que es el más importante espacio de diálogo sobre nuestras letras, seguido de cerca quizás por el Congreso de Ecuatorianistas. Ese pequeño mundo, uno que está siempre de espaldas a la verdadera política, a la real economía de las gentes, a los verdaderos sufrimientos (porque debemos dejar la demagogia, los escritores hacemos política con la literatura, de acuerdo, pero desde cierta abstracción; la literatura jamás podrá recuperar la vida de millones de víctimas de la economía y la política), contaba con críticas literarias, poetas y escritoras que eran sumamente respetadas. Entrego nombres: María Augusta Vintimilla (quien dirigía el Encuentro y lo dirigió por algunos años más), Cecilia Ansaldo, María Rosa Crespo, María Eugenia Moscoso, Sara Vanegas, María Fernanda Espinosa, Mercedes Mafla, Gabriela Alemán, Catalina Sojos y Jackeline Verdugo, entre otras. Todas ellas, excelentes expositoras. Capaces de desbaratar cualquier argumento y de levantar análisis y estudios necesarios sobre lo que ocurría en nuestra literatura. Así como sobre lo que ocultaba también nuestra literatura. Y esa es la imagen que preservo: la de un país con una realidad literaria donde las mujeres y los hombres convivían dentro de un margen de respeto y admiración mutua. Por ejemplo, en las Memorias del Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana del 2008 se pueden registrar más de veinticinco conferencias, mesas y diálogos protagonizados por mujeres.
     Para que esto no quede como la ensoñación de un poeta de veinticinco años que asistía por primera vez a un Encuentro, ahora quiero moverme aún más atrás, a mis años como estudiante en la Universidad Católica Santiago de Guayaquil. A mí no se me olvida quienes fueron mis maestras. Considero que no está de más asentar que no hay oficio tan generoso y exigente como éste. Y que aquellos que contamos con la fortuna de al menos haber tenido un buen maestro en nuestra vida lo recordaremos para siempre.
     La Facultad de Comunicación y Literatura, en el año 1997, estaba encabezada por la decana Cecilia Vera de Gálvez (a quien le debo mi entusiasmo por Cortázar, y otros autores); Cecilia Loor; Rocío Castro, quien daba Semiótica; Catalina Arosemena, rigurosa profesora de Lengua; Cecilia Ansaldo, Mónica Franco, Gilda Holst, Norma de Luca, Carolina Andrade, Raquel Nolly y María Augusta Centeno, entre otras. Sí, hace veintitrés años. No puedo aseverar que eran la mayoría, esto lo desconozco, pero sí puedo asegurar que eran de una importancia vital. Que imprimían en los alumnos una admiración y un temor reverencial. Y que sus clases fueron fundamentales para quienes estábamos allí para aprenderlo todo. No puedo imaginar la realidad llena de desigualdades que les tocó vivir, ante la que decidieron formarse y luego formar estudiantes. Tampoco es fortuito el hecho de que futuros premios nacionales (e internacionales) hayan salido precisamente de sus aulas.
    Quizás valga traer a colación en este momento los talleres literarios de Miguel Donoso Pareja, por donde pasaron un sinnúmero de escritoras: Gilda Holst, Mariela Manrique, María Leonor Baquerizo, Lola Márquez, Liliana Miraglia, Martha Chávez, Ángela Arboleda, Carmen Vásconez, Maritza Cino, Yanna Hadatty, entre muchísimas más. Miguel Donoso jamás rechazó en sus talleres a una mujer por ser mujer. O escogió más hombres por el simple hecho de ser de su mismo género. Su criterio, así me lo parece, se guiaba por lo netamente literario.
     En mi biblioteca reposan Diez escritoras ecuatorianas y sus cuentos de Michael H. Haldelsman, publicado en 1982; y Cuentan las mujeres: Antología de narradoras ecuatorianas de Cecilia Ansaldo del 2001. Otro ejemplo a considerar es la antología Mensaje en una botella, de los talleristas de Miguel Donoso Pareja, publicado en 2002, donde hay seis mujeres y cuatro hombres incluidos. Libros muy recomendados; allí el lector podrá encontrar joyas como La marcha de los batracios de Lupe Rumazo. Y nombres de autoras poco recordadas como Carmen Acevedo Vega y la cuencana Mary Corylé.
     En la actualidad, y esto es algo que lo sabemos los escritores que damos talleres y asistimos a charlas de nuestros libros, son las mujeres quienes leen más que los hombres. En Guayaquil es así; lo he comprobado en la Feria del Libro, en mis charlas y en mis talleres con PalabraLab. Es bueno que así sea. Y me alegra pensar que la literatura, ante una realidad de satisfacciones inmediatas y de redes que perpetúan la distracción, siga creciendo. Que no mueran la escritura ni la lectura.   
     Una fuerte presencia de mujeres en nuestra literatura es lo que vi. Pero también de hombres, por supuesto. Y la desigualdad, como una consecuencia histórica, es tan real en el mundo del arte como lo es en el mundo del deporte y de otros oficios. Sin embargo jamás participé de una mesa, asamblea, jurado ni diálogo donde estuvieran hombres decidiendo entregarse recompensas, premios, publicaciones, puestos de trabajo, por el mero hecho de ser hombres con órganos masculinos. Y es en esta falacia, en esta construcción pública de un supuesto delito, obviamente comprobable desde la desigualdad histórica[2], en que observo una escalada de odios y ensañamientos. Algo que, al parecer, bajo la consigna de «los hombres vienen haciéndolo por años», lo que pretende normalizar es la corrupción y el arribismo de los clanes en las esferas de nuestra literatura.
     Nuestra literatura, la ecuatoriana, que es de la que hablo (no me atrevo a expresarme de otras), adolece de la conformación de clanes desde la capital que persiguen una carrera por el canon. Y de esto hay indicios. Y secuelas que incluso son rastreables en textos de crítica literaria y de colegio (por ejemplo, el texto Lengua y Literatura que distribuye el Ministerio de Educación tiene enormes, realmente enormes ausencias). Valdría para algo contabilizar con rigurosidad cuántos autores que no residen en Quito accedieron a los Fondos Concursables (que de por si tienen problemas), en la modalidad artes literarias y narrativas, en los últimos tres años, para poder continuar con sus trabajos en un medio tan difícil como es el nuestro. Donde ser al mismo tiempo librero, editor, escritor, profesor y publicista parece ser la única consigna, la única posibilidad para sobrevivir de la literatura. O cuántas editoriales –no quiteñas- forman parte del Plan Nacional de Lectura para las ediciones que se darán este 2020. O si el número de escritores y editoriales que viajan a las ferias internacionales posee alguna equidad, no sólo de género, sino por regiones. Conozco autores que no han viajado ni una sola vez, invitados por el Ministerio, y que cuentan con obra publicada. 
     Nuestra literatura adolece de autores no visibilizados: hombres y mujeres. Desde David Ledesma hasta Lupe Rumazo. Desde Hugo Mayo hasta Ileana Espinel. Así como de gente que ubica a sus amigos en puestos como editores o directores sin pasar por concursos públicos aunque se paguen esos sueldos con dineros públicos. Sólo porque son de su cofradía. Gentes que se premian y se ponen de jurados sin la menor vergüenza.  
     Abro paréntesis: se concursa por razones monetarias y editoriales. Un premio siempre estará ligado a la mirada estética de un jurado conformado con cierto azar (¿?). No es ciento por ciento una garantía. Pero, por otro lado, restarle valor a un premio tampoco es la solución. Ante una realidad literaria como la nuestra, de pocos lectores (porque ¿cuántos libros vende un poeta o novelista ecuatoriano al año? ¿60? ¿100? ¿Menos? Preguntar a libreros), un premio legitima lo que no puede hacer una lectoría. Es algo que terminará justificando que esos autores aparezcan el día de mañana en libros de estudio para colegios, y accedan a cátedras universitarias o puestos importantes burocráticos de gestión cultural.
     No es posible exigir pruebas sobre si un concurso fue o no manipulado. Porque ¿qué hay que entregar? ¿Audios? ¿Mensajes de texto entre los jurados? Es absurdo pedirlas. Si los jurados no discuten, si hay una agenda previa, si no se quiere oír argumentaciones, porque una mayoría, en amistad y contubernio, tira hacia un solo lado, eso es todo lo que hay. Pero es suficiente. Este medio literario es pequeño, tan pequeño que todos conocemos a casi todos sus miembros, y el móvil de ciertas dinámicas grupales. Entonces lo que nos queda es realizar preguntas como las que haré a continuación, con el ánimo de que algún lector se las realice en el futuro: ¿Por qué se repiten por años consecutivos los nombres de algunos jurados de los Premios del Municipio de Quito? ¿Se los elige a dedo o por concurso? ¿Bajo el paraguas de cuál argumento un periodista y editor, sin trayectoria en la crítica de poesía o edición literaria, se convierte en jurado de un premio internacional de poesía en Cuenca? ¿Qué significa que una novela de una autora ecuatoriana que cosecha lectores y reseñas favorables, no alcance ni una mención de honor en los premios del Municipio de Quito, pero un año después termine como finalista en la Bienal Internacional de Novela Mario Vargas Llosa?
     Por eso nuestra literatura es inmadura. No solo porque no tolera las críticas. Sino porque fabrica una realidad ilusoria. Pero no importa. Porque, en definitiva, ¿qué entiende de poesía un banquero que entrega un premio en metálico? ¿O un Alcalde y un Ministro que delegan? Y esto es algo que viene sucediendo desde hace décadas. Y poco tiene que ver con el género sino con colonialismos, comportamiento tribal y menosprecios no superados.
     Únicamente en un país como el nuestro, por ejemplo, un autor como Antonio Gamoneda (Premio Reina Sofía y Premio Cervantes) no logra pasar la etapa preliminar de un concurso de poesía. Y esto no se trata de óptica ni de gustos. Porque este ejemplo, por pequeño que parezca, lo exhibe todo. Ese mínimo gesto podría compararse con el que en una hipotética bienal de pintura en el Ecuador, del siglo pasado, un jurado ecuatoriano descartara el trabajo de Pablo Picasso. Un ridículo histórico que no debería olvidársele a nadie.
     No caer en provocaciones en estos tiempos ya es un mérito. Cuando gané el año pasado el Premio Miguel Donoso Pareja, se aclaró en un artículo que «este premio lo habían recibido hasta ahora cuatro hombres». Aclaración que era una provocación más que cualquier otra cosa. No se le mencionó al lector que acaso era yo el más joven en ganarlo. O el segundo guayaquileño. Se quiso dar a entender al lector algo parecido a esto: ojo, aquí pasa algo, quizás se trate de hombres premiándose entre ellos. Lamentable y sin piso, porque a este concurso se presentan obras con seudónimo, por lo que el jurado no puede saber con certeza si quien ha escrito una obra es hombre o mujer. O tal vez se trate de otra consigna. ¿Quizás se trata de que debe premiarse a una mujer a como dé lugar?[3] Cosa que sí me tocó presenciar. Aunque en otro país.
     El año pasado, en calidad de jurado del Premio Iberoamericano Pablo Neruda, presencié cómo dos poetas chilenos (Manuel Silva y Mauricio Redolés) optaron por votar por una poeta por el hecho de que, argumentaron así frente a la Ministra de Cultura de ese país, había existido décadas de discriminación. Y aunque ambos vates aceptaron ante la prensa no haber leído a dicha poeta antes, se sentían felices por realizar tal reivindicación. O sea, se entregó un premio a una poeta, de calidad por cierto, pero no por razones literarias. Sino por hacer lo políticamente correcto.
     En todo caso, a estas alturas, ya deberíamos saber que lo políticamente correcto es el camino hacia la muerte del arte.  

*Texto remitido a la redacción de Cartón Piedra el día martes 14 de Enero de 2020. El impreso podrá leerse en la edición de febrero de Cartón Piedra - Diario el Telégrafo.



[1] Sonia Manzano, gran poeta, pianista y novelista, fue la primera Subsecretaría de Cultura (2007- 2009) del Guayas, cuando se formó el Ministerio de Cultura. Ya para entonces La Casa de la Cultura de Quito había reunido su poesía en la colección Poesía Junta. Y había ganado su tercer premio literario. Además de aparecer en la colección de las novelas publicadas por La biblioteca del Municipio de Guayaquil, bajo el cuidado de Javier Vásconez.

[2] Nuestro país, machista y discriminador (pero sobre todo con las etnias), ni de lejos puede intentar asemejarse a sucesos discriminatorios de otras naciones. Aquí, por ejemplo, no se ha pagado menos a dos funcionarios del mismo rango solo por el hecho de que uno fuera mujer. Pero sí se ha pagado abismalmente menos a los escritores ecuatorianos que a los internacionales en las ferias del libro organizadas por el Estado. Si algo nos ha mostrado la pobre sicología de nuestra idiosincrasia es que valoramos lo internacional sobre lo nacional.
[3] Quizás es tiempo, para paliar en algo la desigualdad histórica, que dependencias públicas y privadas ecuatorianas organicen premios literarios dirigidos únicamente a mujeres, como sucede en México y España. ¿Y qué hay de las otras desigualdades históricas que no han sido atendidas?

jueves, 25 de junio de 2015

lunes, 27 de abril de 2015

Este pan masticar, con letras escritas

Libro compartido con los poetas José Carlos Yrigoyen y Maurizio Medo. Traducido al checo por Petr Zavadil, y publicado por la editorial Fra. Tiene 305 páginas, tratándose así de una muestra considerable de cada uno de los autores.
     Aunque no entiendo nada del checo, puedo observar que al final de cada muestra existe una poética del autor. Así como al final de todo el libro aparece un epílogo crítico escrito por el mismo Petr Zavadil.
     Su título, el que nos fue consultado hace algún tiempo, fue tomado de un verso del poeta Paul Celan: Este pan masticar, con letras escritas.

domingo, 5 de abril de 2015

El sistema de Panero



"La vida es un cuento
dicho por un idiota 
lleno de ruido y de furia"

SHAKESPEARE CITADO POR PANERO



No creo que alguien haya conocido verdaderamente a Leopoldo María Panero. Quizás muchos años atrás, cuando era joven y se perdía en las marchas, puede ser. Pero al hombre que escribió esos maravillosos y desgarradores poemas no.

   Lo cierto es que Panero, desde hace unos veinte años, era ya la cáscara de un hombre. O era, a claras luces, el personaje del poeta decadente creado por él mismo. Conversar con él (cosa increíblemente difícil) era sólo asistir a las expresiones y celebraciones de su irracionalidad y delirio.

   Murió el año pasado, curiosamente poco tiempo después de que muriera su hermano Juan Luis. Dejando, además de las dos recopilaciones publicadas por Visor (1970 - 2000 / 2000 - 2010), un poemario titulado La Rosa enferma, publicado posteriormente por Huerga & Fierro editores. 

   Dentro de su extenso trabajo lírico prefiero sus primeros libros a los últimos. En esos libros hallo la fuerza, la creatividad, la experimentación, la suelta tuerca de la genialidad y la erudición asomando en cualquier momento. En sus últimos libros, quizás en los que comprenden casi toda esa última década recopilada (2000 - 2010), oigo el latido cansino de un caballo que agoniza aburrido mirando hacia el cielo y opta por repasar sus hazañas antes de que le llegue el disparo final de la niebla. Antes de entrar a la Nada. La Nada que es el poema, según Leopoldo.


   Estuvo en Guayaquil, hace cinco años; y puedo dar por sentado que la mayoría de las personas que aseguran haber compartido con él y haberle hecho una entrevista, lo más seguro es que hayan debido inventar gran parte de dichas entrevistas tomando fragmentos de algunas anteriores, así como de reseñas y conversatorios antiguos, que pululan por todas partes por la red. Lo que implica -de cualquier modo- un juego literario. Lo cierto es que Panero estaba montado sobre la identidad de Panero, lo que quiere decir que repetía y repetía frases cortadas de su autoría, delirios enigmáticos que muchas veces comprendían conspiraciones y envenenamientos que habría estado a punto de padecer perpetrados por la CIA o el gobierno de España, así como citas de otros autores. La atención sobre él lo animaba mucho. La falta de atención sobre su persona lo irritaba hasta el punto de que se levantaba abruptamente a fumar y volvía después de cinco segundos para comprobar si en la mesa ya había girado la conversación sobre él. 

   Era tan grande su desconexión vital, su destierro humano, que no se me ocurría cómo haría Panero para cobrar las regalías sobre las ventas de sus libros. O para leer y escribir. O para sobrevivir (él -o su personaje- ni siquiera podía manejar dinero para las compras más ordinarias). Recuerdo incluso que en algún momento, dentro de la Feria del Libro en la que estábamos, se sorprendió al hallar en una librería un tomo de sus cuentos completos. Lo que lo arrojó a solicitarle al librero que se lo regalara. No quería desprenderse de su propio libro. 

   Particularmente he admirado -y admiro- su obra. Incluso escribí alguna vez una aproximación a su trabajo para un evento en el que proyectamos la película El desencanto, en el 2006.

  Conocerlo me despertó. De hecho, me conmovió. Pues su figura se me hacía como la de un dios arruinado. Un dios arruinado por la poesía. O, para ser un poco más preciso: era un hombre que se dejó consumir por la identidad genial de un poeta desbordado al que no le importó morir doscientas veces con tal de seguir plasmando su arte. Y así -y de a poco ¿a poco?- regresamos a la imagen del artista sufrido y consumido por su maravilloso arte. Un dios arruinado dejando su creación para el mundo. Los mismos lectores y otros poetas (una gran mayoría) cometemos el error de perpetuar y/o perseguir la imagen estridente de un poeta maldito. Porque la vida misma parecería decirnos: ¿Cómo no amar la leyenda de un salvaje despojo en el que habita un genio? ¿Un genio dentro de una botella de Coca-Cola?

   Sí, es cierto: el dolor es una fuente para el poema. No cabe duda. Y, sí, es cierto: hay vidas tan trágicas (y de una irracionalidad inhumana) de algunos autores que no sé en qué punto aquello -en nuestra percepción- se convirtió en una plataforma de valoración artística. La vida también se hizo poema -dijo Hölderlin besado por Scardanelli quien abrazaba a Salvator Rosa mientras tocaba el piano.  

   Pero el asunto real (volteando lo real a lo real para los otros -quienes tampoco existen) es que Panero supo calzarse el cuerpo de su personaje por años. Siendo así, asumo que el hombre que escribía y revisaba sus manuscritos y cotejaba correcciones con sus editores e incluso enviaba sus libros a concursos (estuvo concursando con un libro cuando le llegó la muerte), no fue mayormente visible. Ese hombre vivía a la sombra de su desquiciado personaje. Del increíble poeta que todavía es.

   Ahora: los Bukowskis del mundo deben estar de luto desde que Panero existe. Y los Paneros del mundo seguirán ruleando hasta que arribe otra escultura auténtica a la demencia. Pero esto, percibo, nada tiene que ver con la poesía, nada tiene que ver con la obra, nada tiene ver con el arte. Porque poetas hay desde banqueros hasta boxeadores. Y eso, repito, nada tiene que ver con la obra, con lo que nosotros como lectores queremos apreciar, sudar y aprehender. El gusto por lo biográfico y lo autobiográfico me parece más un síntoma vanidoso de nuestro tiempo (habría que revisar con atención cómo van apareciendo más y más libros de este género en las librerías -desde Baudelaire pasando por Hitler hasta Steve Jobs, por ejemplo). Es verdad entonces que la vida termina siendo un cuento dicho por un idiota.

   Pero prefiero concluir mi comentario sobre Panero citando a Túa Blesa, quien a su vez cita al mismo poeta en el segundo tomo de su Poesía Completa (tanta re-citación paneriana): "Todo lenguaje es un sistema de signos y, como tal, requiere revolución."

sábado, 4 de abril de 2015

De qué va la poesía ecuatoriana*


La poesía ecuatoriana no ha tenido una tradición y una difusión tan extensas como las que sí pueden ser evidenciadas en otros países (México, Chile y Perú, por ejemplo). Desde los modernistas (Medardo A. Silva, quizás el principal de sus exponentes) hasta nuestros días, siguen siendo pocos los poetas ecuatorianos que han sido abiertamente reconocidos por su trabajo en otros lugares, donde se ha leído nuestra lírica medianamente joven, que quizás deba ser únicamente considerada desde el movimiento modernista en Ecuador (primera década del siglo XX). Un ejemplo de esto es que los escritores ecuatorianos conocemos ampliamente la poesía de César Vallejo, de Vicente Huidobro y de Octavio Paz, pero un escritor mexicano, chileno o peruano seguramente no habrá oído nunca de Hugo Mayo, César Dávila Andrade, Carlos Eduardo Jaramillo y David Ledesma Vásquez. Las razones pueden ser múltiples y no están en discusión, lo cierto es que más allá de los notables trabajos de Alfredo Gangotena, Jorge Carrera Andrade, Gonzalo Escudero (éstos tres, más César Dávila Andrade, quizás forjan la pirámide sobre la que se asienta gran parte de nuestra lírica contemporánea) y Jorge Enrique Adoum, están además los trabajos de poetas como Francisco Tobar García, Efraín Jara Idrovo y Francisco Granizo Ribadeneira.

   Ahora: la poesía joven o la poesía escrita por jóvenes en el Ecuador me parece que cuenta con una mayor libertad creativa en estos días que en los últimos veinticinco años (hablo aquí de aquella escrita en las décadas de los ochenta, noventa y que llegaría hasta la primera década del nuevo milenio); ya que la poesía que se escribía entonces en el Ecuador se organizaba desde la corriente que originara cierta parcial lectura y/o asimilación de Jorge Carrera Andrade, la que se imponía desde Quito seductoramente a través de una poética del silencio que aglutinaba elementos totalizadores de la naturaleza, poseía un tono filosófico y tocaba temas amatorios, históricos y cósmicos, principalmente. Siempre existirán excepciones, por supuesto (excepciones saludables que no siguieron el juego del canon y gravitan aún como libros mal leídos). Hay un largo registro de poemarios escritos en esta clave en todos esos años, que terminaron consolidando un imaginario estético-canónico que se apoyaba y difundía desde las mismas bases estatales culturales gubernamentales y otros medios. Es con la aparición de otras escrituras que visibilizarían las vanguardias latinoamericanas (así como del surgimiento de los circuitos de festivales internacionales de poesía joven, las editoriales independientes y las revistas-blogs de poesía latinoamericana contemporánea), que algunos autores optaron por desistir de la larga línea lírica que cruzaba el Ecuador. El que no haya habido un proceso de experimentación verdadero, ha dado lugar a un corte abrupto en nuestra lírica, que señala dos orillas radicalmente opuestas. Orillas incluso a veces habitadas por un mismo poeta. Siendo esto un tajo y no un proceso, ciertos poemarios publicados en los últimos cuatro años, entran en una feroz contradicción con todo lo que se publicaba en nuestro país hasta el año 2010.

   Sin embargo considero que la poesía ecuatoriana de hoy, aquella que escriben diversos autores, entre ellos los cinco escogidos aquí para esta muestra: Wladimir Zambrano (1984), Gabriela Vargas (1984), Víctor Vimos (1985), Pablo Flores Chávez (1988) y Jossué Baquero (1990), se sostiene por su afán de avanzar junto a las vanguardias latinoamericanas sin por ello perder el espíritu auténtico de indagación de sus creadores. Con esto quiero decir: la última y mejor poesía nacional (y latinoamericana) no está en consonancia con la poesía de la experiencia, la que también influye dramáticamente en algunos poetas del Ecuador, así como en casi toda España (que es de donde se origina –vía Mario Benedetti); ni con una fallida asimilación de las vanguardias que termina en la disolución del sujeto escribiente (ojo: lo que no es lo mismo que la pérdida del autor –algo largamente avalado y aburrido) y en una acumulación borrosa y demagógica de contenidos de corte moderno y mediático bajo el que se enmascara al poema para dotarlo de modernidad (o pop-modernidad) empantanándolo en el llano sinsentido; la última poesía nacional (y latinoamericana –frontera que se va borrando) avanza de la mano de libros y experimentos valiosos como los realizados por Haroldo de Campos, Raúl Zurita, José Kozer, Eduardo Espina, Néstor Perlongher, Ernesto Cardenal, José Lezama Lima, Allen Ginsberg, Leopoldo María Panero, Antonio Gamoneda, Ezra Pound (etcétera). Esa poesía obliga a ir más allá del simple texto y su sentido lineal, el cual siempre debe estar en conflicto cuando se trata de escritura poética. La poesía, repito, como “decir y descubrir con las mismas palabras un estremecimiento nuevo”. ¿Sino de qué va la poesía? Y me respondo: pues del rizoma. De eso va la poesía y de nada más. Allí están todos los sentidos sin sentidos que necesitamos para sobrevivir. Y un hombre es un millón de manchas dando forma a un solo poema. El mismo poema que se ha estado escribiendo desde el origen.

   Aquí están los poemas, pocos, de cinco autores que fluctúan entre los veinticuatro y treinta años de edad, y que prometen por su juventud un camino valioso para la lírica ecuatoriana. Además de la absoluta libertad con la que esta poesía está elaborada (la liberación de la información tiene mucho que ver con esto –internet y sus redes inagotables) el sentido del poema va de la mano por un laberinto insólito. Poemas en que lo íntimo se vuelve universal y lo aglutinador (revuelo de imágenes-sensaciones-ideas-apasionamientos) se torna en un segundo íntimo y demoledor. Espero que sean bien leídos.



Ernesto Carriøn

Santiago de Guayaquil, 12 de mayo de 2014


*Este texto (releído y ligeramente modificado) fue publicado, junto con la muestra de los cinco poetas mencionados, en la revista peruana Maestra Vida. Además fue profundizado y ampliado en el texto "Canon y dominación: otros modos de entender la poesía ecuatoriana en un país sin lectores", presentado en el Encuentro Nacional de Literatura 2014.